ORGULLO: REIVINDICACIÓN Y ALEGRÍA


El Orgullo lésbico, gay, transexual, bisexual e intersexual que Madrid, y cada vez más ciudades de España, celebran es el resultado de un largo proceso histórico …

 

El 28 de junio de 1969 una redada más en un “antro” de Greenwich Village de Nueva York, el mítico Stonewall Inn, encontraba una respuesta inesperada: travestis, transexuales, gais y lesbianas les plantaban cara hartos de las constantes humillaciones. El pub era de propiedad de la mafia, concretamente de la familia Genovese. No se trata de relacionar el movimiento reivindicativo LGTB con la mafia (¡aunque algunos se empeñen en lo de la “mafia rosa”!), pero sí recordar que son los espacios nocturnos más marginales en los que se gestó la primera rebelión de “pride”, eso que aquí llamamos “orgullo” pero que también se puede traducir como “dignidad”. Aquel desafío al acoso policial era, además, un giro copernicano en el discurso de las asociaciones de homosexuales: la Mattachine Society, decía que las personas homosexuales no eran distintas de las heterosexuales… incluso rechazaron la violencia y la exhibición de conductas afeminadas. Los sucesos del Stonewall Inn fue el detonante (¿espoleado por la coincidencia con la muerte de Judy Garland?) para iniciar un proceso de empoderamiento social, de autoestima y exigencia de respeto a la diferencia que aún hoy continúa.

En nuestro país desde el final de los 80 se produce un “aggiornamento” del movimiento asociativo LGTB. Absolutamente al margen del más mínimo reconocimiento institucional nos tuvimos que buscar alianzas en el “ambiente” (las empresas que se dedican al ocio nocturno), no en vano no hace muchos años bromeábamos sobre si eramos vámpiros… dado que la noche era el único espacio de libre expresión de nuestra sexualidad. Con esas alianzas, hicimos, primero, proselitismo del uso del condón (en plena crisis del SIDA, cuando miles de gays murieron en situación de absoluta indigencia legal y estigma social) y luego, usamos esos espacios para hacer reivindicación de la igualdad en derechos, promocionar la visibilidad, denunciar la LGTBfobia… muchas veces entre la incomprensión y la sorpresa de un público que estaba a lo suyo en los bares y discotecas. Pero se fue trabando una complicidad que nos permitió avanzar en recursos, pero también conseguir unos potentes canales de difusión de nuestras acciones y, de ese modo, celebrar las primeras manifestaciones reivindicando la igualdad legal (primero las ya lejanas parejas de hecho, luego el derecho al matrimonio) y dar el gran salto en las multitudinarias celebraciones del Orgullo en Madrid y otras muchas ciudades.

No nos han dado nada. Todo lo que hoy es el Orgullo es fruto de mucho esfuerzo de mucha gente. Empezando por las asociaciones LGTB y sus miles de activistas pero también de unos cuantos empresarios y empresarias que apostaron por colaborar con un movimiento reivindicativo que poco a poco salió de las catacumbas. Y además haciendo bandera del respeto a la diversidad… como bien puede verse cada año en esas multitudinarias mani-fiesta-ciones pero también hemos dado contenido específico poniendo el acento cada año en asuntos como la visibilidad lésbica, los derechos de las personas transexuales, la educación como espacio de lucha contra la LGTBfobia y este año 2011 un doble mensaje: “salud e igualdad, por derecho”; por un lado reivindicando nuestro derecho a la salud porque lesbianas, bisexuales, transexuales, intersexuales y gais somos invisibilizados en las políticas sanitarias y, especialmente, porque el VIH-SIDA experimenta una nueva crisis de transmisiones que nos obliga a lanzar un grito de alerta y solidaridad, mientras Esperanza Aguirre ha suprimido la financiación de la lucha contra el SIDA o Francisco Camps en el País Valenciano deja la educación sexual en manos del Arzobispado de Valencia. Hoy el silencio es igual a enfermedad y estigma. Con nuestra acción luchamos por la vida y la dignidad de todas las personas seropositivas. Por otro lado exigimos nuestro derecho a la igualdad legal que hemos conquistado y que hoy está amenazada por el recurso ante el Tribunal Constitucional del Partido Popular contra el matrimonio entre personas del mismo sexo pero también por la LGTBfobia de algunos medios de comunicación, jueces, de la jerarquía católica… En este Orgullo les decimos, con contundencia, que todas las familias importan.

Y a pesar de la imagen frívola que de quiere atribuir al Orgullo estamos ante una expresión reivindicativa que consigue que lo serio no sea sinónimo de aburrido. Pero además que todo el mundo que participa sea capaz de articular un mensaje político, por elemental que este pueda ser, cuando los medios hace la pregunta de ¿por qué estás en el Orgullo? Y, en cualquier caso, la explosión de color y diversidad que es el Orgullo es ya, en si mismo, un acto político que desafía la heteronormatividad y el machismo, que pone en cuestión la visión de una sociedad en blanco y negro que algunos insisten en imponer.

Hay quien teme al Orgullo. No es casualidad que suframos una ofensiva involucionista cuyo ariete es Ana Botella desde el Ayuntamiento de Madrid, con todo tipo de artimañas (vecinos, ruido, ordenanzas…), para arrinconar el Orgullo, nuestra herramienta más potente de reivindicación. Su intención es clara: reprimir y acallar el clamor de libertad y defensa de la diversidad que cada verano inunda Madrid y que será, sin duda, nuestra trinchera más efectiva para impedir que nadie ni nada nos quite los derechos conquistados en estos útimos años. Máxime cuando existe una amplísima mayoría conservadora en Comunidades Autónomas y Ayuntamientos que no nos va a dar facilidades en ámbitos como la educación, la sanidad, las políticas sociales… y, además, afrontamos en pocos meses unas elecciones generales decisivas.

Somos conscientes de que entorno al Orgullo se articulan multitud de intereses y con eso hemos de convivir, tratando siempre de hacer prevalecer el discurso político que marcamos desde las asociaciones LGTBI y que democráticamente vamos definiendo a traves de nuestras redes de participación cada año. Sabemos que los criterios de optimización del beneficio que caracteriza al mercado son atroces… pero existen y debemos tratar de dominarlos (¡ya nos gustaría a alguno poder abolirlos de golpe!). Lo fácil (y cómodo) es evitar la “contaminación” del mercado y rechazar de plano la colaboración con el mundo empresarial en la organización del Orgullo, en Madrid o en cualquier otra ciudad. Lo sencillo es despotricar por la uniformización y los estereotipos –que ciertamente tratan de imponerse- sin dar la batalla de visibilizar la diversidad: no fue fácil que personas transexuales, seropositivas o lesbianas formaran parte de las imágenes del Orgullo… pero seguimos luchando para conseguirlo. La gestión de esa complejidad implica contradicciones (que tratamos de analizar y resolver, por ejemplo poniendo condiciones a las empresas que participan en el Orgullo de mínimos en cuanto a sus políticas laborales con respecto a las personas LGTBI) pero también potencialidades que debemos aprovechar para ser cada día más y más… para avanzar y que nuestro discurso del respeto a la diversidad sea hegemónico socialmente, en el sentido gramsciano del término. Se trata de seguir aplicando una estrategia propia de lo que Moscovici denomina la “influencia social minoritaria”. Porqué ser minoritario (de hecho seguimos siendo una minoría) no es malo siempre que se pretenda influir para transformar la realidad; pero tener vocacion de marginalidad en el sentido de ser pocos y puros, es, simplemente, una forma de irrelevancia que sólo conduce a la melancolia.

Un compañero de Madrid nos repetía cada año esta frase “hay que tener mucho orgullo para aguantar tanta discriminación” y es absolutamente cierto, cada uno, cada una, a su manera, no queremos ser iguales que nadie, no queremos tolerancia, exigimos, como en 1969 hicieron en la rebelión del Stonewall Inn, respeto y dignidad para todos y todas.

Antonio Poveda, presidente de la FELGTB (Federación Estatal de Lesbianas, Gays, Transexuales y Bisexuales)

El Orgullo lésbico, gay, transexual, bisexual e intersexual que Madrid, y cada vez más ciudades de España, celebran es el resultado de un largo proceso histórico …

 

El 28 de junio de 1969 una redada más en un “antro” de Greenwich Village de Nueva York, el mítico Stonewall Inn, encontraba una respuesta inesperada: travestis, transexuales, gais y lesbianas les plantaban cara hartos de las constantes humillaciones. El pub era de propiedad de la mafia, concretamente de la familia Genovese. No se trata de relacionar el movimiento reivindicativo LGTB con la mafia (¡aunque algunos se empeñen en lo de la “mafia rosa”!), pero sí recordar que son los espacios nocturnos más marginales en los que se gestó la primera rebelión de “pride”, eso que aquí llamamos “orgullo” pero que también se puede traducir como “dignidad”. Aquel desafío al acoso policial era, además, un giro copernicano en el discurso de las asociaciones de homosexuales: la Mattachine Society, decía que las personas homosexuales no eran distintas de las heterosexuales… incluso rechazaron la violencia y la exhibición de conductas afeminadas. Los sucesos del Stonewall Inn fue el detonante (¿espoleado por la coincidencia con la muerte de Judy Garland?) para iniciar un proceso de empoderamiento social, de autoestima y exigencia de respeto a la diferencia que aún hoy continúa.

En nuestro país desde el final de los 80 se produce un “aggiornamento” del movimiento asociativo LGTB. Absolutamente al margen del más mínimo reconocimiento institucional nos tuvimos que buscar alianzas en el “ambiente” (las empresas que se dedican al ocio nocturno), no en vano no hace muchos años bromeábamos sobre si eramos vámpiros… dado que la noche era el único espacio de libre expresión de nuestra sexualidad. Con esas alianzas, hicimos, primero, proselitismo del uso del condón (en plena crisis del SIDA, cuando miles de gays murieron en situación de absoluta indigencia legal y estigma social) y luego, usamos esos espacios para hacer reivindicación de la igualdad en derechos, promocionar la visibilidad, denunciar la LGTBfobia… muchas veces entre la incomprensión y la sorpresa de un público que estaba a lo suyo en los bares y discotecas. Pero se fue trabando una complicidad que nos permitió avanzar en recursos, pero también conseguir unos potentes canales de difusión de nuestras acciones y, de ese modo, celebrar las primeras manifestaciones reivindicando la igualdad legal (primero las ya lejanas parejas de hecho, luego el derecho al matrimonio) y dar el gran salto en las multitudinarias celebraciones del Orgullo en Madrid y otras muchas ciudades.

No nos han dado nada. Todo lo que hoy es el Orgullo es fruto de mucho esfuerzo de mucha gente. Empezando por las asociaciones LGTB y sus miles de activistas pero también de unos cuantos empresarios y empresarias que apostaron por colaborar con un movimiento reivindicativo que poco a poco salió de las catacumbas. Y además haciendo bandera del respeto a la diversidad… como bien puede verse cada año en esas multitudinarias mani-fiesta-ciones pero también hemos dado contenido específico poniendo el acento cada año en asuntos como la visibilidad lésbica, los derechos de las personas transexuales, la educación como espacio de lucha contra la LGTBfobia y este año 2011 un doble mensaje: “salud e igualdad, por derecho”; por un lado reivindicando nuestro derecho a la salud porque lesbianas, bisexuales, transexuales, intersexuales y gais somos invisibilizados en las políticas sanitarias y, especialmente, porque el VIH-SIDA experimenta una nueva crisis de transmisiones que nos obliga a lanzar un grito de alerta y solidaridad, mientras Esperanza Aguirre ha suprimido la financiación de la lucha contra el SIDA o Francisco Camps en el País Valenciano deja la educación sexual en manos del Arzobispado de Valencia. Hoy el silencio es igual a enfermedad y estigma. Con nuestra acción luchamos por la vida y la dignidad de todas las personas seropositivas. Por otro lado exigimos nuestro derecho a la igualdad legal que hemos conquistado y que hoy está amenazada por el recurso ante el Tribunal Constitucional del Partido Popular contra el matrimonio entre personas del mismo sexo pero también por la LGTBfobia de algunos medios de comunicación, jueces, de la jerarquía católica… En este Orgullo les decimos, con contundencia, que todas las familias importan.

Y a pesar de la imagen frívola que de quiere atribuir al Orgullo estamos ante una expresión reivindicativa que consigue que lo serio no sea sinónimo de aburrido. Pero además que todo el mundo que participa sea capaz de articular un mensaje político, por elemental que este pueda ser, cuando los medios hace la pregunta de ¿por qué estás en el Orgullo? Y, en cualquier caso, la explosión de color y diversidad que es el Orgullo es ya, en si mismo, un acto político que desafía la heteronormatividad y el machismo, que pone en cuestión la visión de una sociedad en blanco y negro que algunos insisten en imponer.

Hay quien teme al Orgullo. No es casualidad que suframos una ofensiva involucionista cuyo ariete es Ana Botella desde el Ayuntamiento de Madrid, con todo tipo de artimañas (vecinos, ruido, ordenanzas…), para arrinconar el Orgullo, nuestra herramienta más potente de reivindicación. Su intención es clara: reprimir y acallar el clamor de libertad y defensa de la diversidad que cada verano inunda Madrid y que será, sin duda, nuestra trinchera más efectiva para impedir que nadie ni nada nos quite los derechos conquistados en estos útimos años. Máxime cuando existe una amplísima mayoría conservadora en Comunidades Autónomas y Ayuntamientos que no nos va a dar facilidades en ámbitos como la educación, la sanidad, las políticas sociales… y, además, afrontamos en pocos meses unas elecciones generales decisivas.

Somos conscientes de que entorno al Orgullo se articulan multitud de intereses y con eso hemos de convivir, tratando siempre de hacer prevalecer el discurso político que marcamos desde las asociaciones LGTBI y que democráticamente vamos definiendo a traves de nuestras redes de participación cada año. Sabemos que los criterios de optimización del beneficio que caracteriza al mercado son atroces… pero existen y debemos tratar de dominarlos (¡ya nos gustaría a alguno poder abolirlos de golpe!). Lo fácil (y cómodo) es evitar la “contaminación” del mercado y rechazar de plano la colaboración con el mundo empresarial en la organización del Orgullo, en Madrid o en cualquier otra ciudad. Lo sencillo es despotricar por la uniformización y los estereotipos –que ciertamente tratan de imponerse- sin dar la batalla de visibilizar la diversidad: no fue fácil que personas transexuales, seropositivas o lesbianas formaran parte de las imágenes del Orgullo… pero seguimos luchando para conseguirlo. La gestión de esa complejidad implica contradicciones (que tratamos de analizar y resolver, por ejemplo poniendo condiciones a las empresas que participan en el Orgullo de mínimos en cuanto a sus políticas laborales con respecto a las personas LGTBI) pero también potencialidades que debemos aprovechar para ser cada día más y más… para avanzar y que nuestro discurso del respeto a la diversidad sea hegemónico socialmente, en el sentido gramsciano del término. Se trata de seguir aplicando una estrategia propia de lo que Moscovici denomina la “influencia social minoritaria”. Porqué ser minoritario (de hecho seguimos siendo una minoría) no es malo siempre que se pretenda influir para transformar la realidad; pero tener vocacion de marginalidad en el sentido de ser pocos y puros, es, simplemente, una forma de irrelevancia que sólo conduce a la melancolia.

Un compañero de Madrid nos repetía cada año esta frase “hay que tener mucho orgullo para aguantar tanta discriminación” y es absolutamente cierto, cada uno, cada una, a su manera, no queremos ser iguales que nadie, no queremos tolerancia, exigimos, como en 1969 hicieron en la rebelión del Stonewall Inn, respeto y dignidad para todos y todas.

Antonio Poveda, presidente de la FELGTB (Federación Estatal de Lesbianas, Gays, Transexuales y Bisexuales)